lunes, 5 de octubre de 2015

Eclipse de Luna del 28 de septiembre de 2015

Llevaba toda la semana esperando con entusiasmo este eclipse y estaba convencido de levantarme de madrugada para verlo y fotografiarlo, a pesar de que al día siguiente era lunes y tendría que pegarme un buen madrugón. El caso es que llegó el domingo por la noche y, finalmente, el cansancio pudo conmigo y decidí no ponerme el despertador para verlo, con lo que me fui a la cama esperando despertarme para ir a trabajar. Pero, para mi fortuna, no fue así y a eso de las 3:30 de la madrugada, después de que me costase más de lo habitual conciliar el sueño, mi despertador interno decidió que debía despertarme para ver el eclipse. Así que cogí la cámara compacta digital, una Canon PowerShot SX110 IS (hace tiempo, con el paso de la película y lo analógico a lo digital, que dejé de usar mis cámaras réflex de carrete), y me dispuse a hacer una serie de fotos del evento astronómico.

La verdad es que no me resultó fácil conseguir imágenes nítidas pues, dado que no pude conseguir acceder a mi trípode, me las tuve que apañar para sujetar la cámara sin que se moviera apoyándola sobre el marco de la ventana y de cuclillas durante las largas exposiciones de hasta 8 segundos de duración. Después de una hora en esa posición, cuando me tuve que incorporar, me arrepentí de haberme levantado para ver el eclipse.

El caso es que parte del resultado de esa sesión de fotos es este gif animado, realizado con una selección de 49 fotos (las más decentes) de todas las que tiré. Espero que os guste.


jueves, 10 de septiembre de 2015

LA UBICUIDAD DE LA VIDA

Mirar al cielo siempre es evocador e inspirador. A falta de un cielo nocturno lejos de las cegadoras luces de la ciudad que impidan verlo en todo su esplendor, bien pueden servir de inspiración fotografías como las que toma el telescopio espacial Hubble de los distantes objetos astronómicos que salpican el Universo visible que rodea nuestro planeta.

Viendo una de esas fotografías, en concreto una de la famosa y bella nebulosa de Orión, con sus coloridas nubes de gas iluminadas por las estrellas a las que dan vida en su interior y sus oscuras y filamentosas manchas de polvo que esconden las intimidades de la cocina espacial que es dicha nebulosa, precisamente viendo esa imagen, me he retrotraído mentalmente a aquel remoto pasado en el que, en circunstancias similares a las que se encuentran las jóvenes estrellas que esconde la nebulosa de Orión, surgió nuestro sistema estelar con el Sol y con todos sus recién formados planetas y los restos polvorientos del disco de acreción que lo vio encenderse por primera vez alrededor. Por un momento me he imaginado a ese joven Sistema Solar abriéndose camino entre aquellas nubes de gas y polvo rico en compuestos orgánicos que en su momento formaron también parte de otro sistema estelar que desapareció mucho tiempo atrás y a una joven Tierra cubierta de océanos que, a la vez que el planeta se enfriaba, iban enriqueciéndose con todos esos compuestos orgánicos que caían del cielo y que, a la postre, serían los andamios que sostendrían la aparición de la vida en esa sopa salina que bañaba nuestro planeta.

Los biólogos saben que la vida es obstinada y hace todo lo posible por prevalecer sobre las condiciones cambiantes y hostiles de su entorno. De hecho, esa obstinación por perdurar y salir adelante es lo que caracteriza al andamiaje genético en el que descansa toda la información necesaria para hacer funcionar a un ser vivo y, a su vez, es lo que ha permitido, a través de las mutaciones, la rica diversidad de especies que ha poblado la Tierra desde que apareció el primer ser vivo en un proceso conocido como Evolución.

Todo esto viene a que, mirando aquella imagen de la nebulosa de Orión, por un momento he pensado que la vida seguramente sea más ubicua de lo que, en general, solemos pensar al vernos en mitad de la inmensidad del Universo como los únicos seres racionales que, hasta el momento, sabemos que existe. Pensaba también que, seguramente en mitad de aquella nube de gas y polvo en el que medró el Sistema Solar en sus orígenes, las que suponemos especiales condiciones para la aparición de la vida es posible que, en un momento u otro y según se fueran enfriando, se dieran en todos o casi todos los sistemas planetarios, con sus satélites, que orbitan el Sol. Otra cuestión es que esas condiciones cambiaran, hasta el extremo de hacer insostenible la vida recién formada, en todos los planetas menos en el nuestro. De hecho, si sigue existiendo una vida tan exuberante en la Tierra es porque, aparte de otras circunstancias, las temperaturas y las presiones en su superficie se han mantenido en el estrecho margen que permite que el agua permanezca en estado líquido. No obstante, aún así, hay que contar con que en regiones en las que el agua está en forma de hielo o vapor, también prolifera la vida. Por eso, los científicos no descartan encontrar vida en otros lugares del Sistema Solar.

En definitiva, esa imagen de la nebulosa de Orión me ha hecho sospechar que una vez la vida posiblemente se encendió en muchos lugares del Sistema Solar al mismo tiempo que en la Tierra y empezó a proliferar en muy diversas formas, adaptándose a las cambiantes condiciones de cada planeta o satélite hasta que esas condiciones, en esos otros lugares distintos a la Tierra, se radicalizaron por encima de la capacidad de supervivencia de la vida. Pero lo que aún está por determinar es que, tal vez, esa vida que creemos exclusiva de nuestro planeta haya permanecido agazapada y escondida, evolucionando a formas muy diferentes a las que conocemos e intentando prevalecer en unas condiciones demasiado adversas como para dar lugar a formas de vida que se dejen detectar en las distancias interplanetarias o, incluso, se planteen si hay alguien más ahí fuera.

martes, 21 de octubre de 2014

Experimento al filo del teclado

"No supo reconocer el semblante dubitativo en aquel rostro sin boca y, a pesar de ello, continuó interrogándole hasta pasada la media noche, no por escuchar lo que tuviera que decirle, ya que sin boca poco o nada podría contarle, sino más bien por arrancar de esos ojos vacíos el menor indicio de empatía hacia los miles de personas cuyas vidas había reducido a la más absoluta miseria.
Aquel indicio de duda pasaría sin embargo desapercibido y, más tarde, el interrogador lo tendría que pagar caro pues sería él el siguiente en caer irremisiblemente en la miseria en aquel agujero hediondo que era Vidriópolis. La duda era la clave para alcanzar la cerradura que mantenía herméticamente cerrada su mente de cualquier amenaza que pudiera menoscabar su entereza y su entrega ciega a la causa y esa duda sólo podía asomar a través de su mirada abismal haciendo vibrar las cuerdas adecuadas, como un arpista haría con su arpa."

Esto que acabas de leer no es más que una especie de ejercicio o un intento de experimentación con algo que pudiera parecerse a la "autoescritura". Bueno, el caso es que lo escribí hace unos meses sin tener nada en mente, simplemente me puse delante del teclado y me dije "a ver que me sale si empiezo a hilar palabras una detrás de otra, sin una idea previa o un guión mental, para formar frases o algo parecido a una historia con cierta coherencia aunque carezca de trama o sentido. El resultado fueron esos dos párrafos de ahí arriba y, aunque cuando los acabé los dejé como borrador para intentar continuar la pseudo-historia que acababa de parir, he llegado a la conclusión de que mejor lo dejo estar así, como el comienzo a una historia abierta y aún no escrita que puedas acabar tú... o yo... o nadie.
En fin, quizás algún día repita este experimento para ver si me sale algo con más enjundia.

lunes, 31 de marzo de 2014

Hastío

Ayer noche, después de darme un paseo por facebook, terminé yéndome a la cama, además de tarde, sin nada de sueño, supongo que por eso del cambio horario, y con un profundo sentimiento de hastío.
Hastío, en general, por la farsa de mundo que hemos creado y en el que no nos queda otra que vivir.
Hastío por las personas que nos gobiernan y gestionan, por no decir roban, nuestro dinero.
Hastío por las injusticias que se cometen a todos los niveles (que son muchas para enumerarlas).
Hastío por la manera en que el modelo capitalista de consumo maltrata al medio ambiente en general y a los seres vivos en particular.
Hastío por la manera en que los medios de comunicación manejan la información, maltratan nuestro sentido común y se burlan del grueso de la población con el beneplácito de esos mismos que nos gobiernan.
Hastío, en particular, por lo cada vez más inocuo y vacío de contenido e intención que me parece todo lo que veo en la red.
Total que, para rematarlo, esta mañana me he despertado con un sueño en el que, al final del mismo, me encontraba, literalmente, caminando por calles conocidas entre gente desconocida y sin saber a donde ni por qué.
Afortunadamente, me queda el consuelo de pensar que menos mal que soy un tipo que no me deprimo fácilmente por nimiedades como estas y que, para bien o para mal, la vida sigue.

miércoles, 8 de mayo de 2013

La niebla en Oviedo a veces da miedo


Después de casi seis años viviendo en la capital del Principado aún recuerdo que una de las primeras cosas que me llamó la atención de este lugar fue su persistente y espesa niebla mañanera. Pero, no por el fenómeno meteorológico en sí que lo tenía ya muy visto, sino porque éste puede presentarse en cualquier día del año independientemente de la temperatura ambiental del entorno. Dicho así puede parecer una tontería pero, para alguien nacido y criado en Madrid, donde las nieblas casi siempre son el complemento ideal de las gélidas temperaturas invernales de la Capital o de las frías mañanas primaverales (o, incluso, estivales si hablamos de la Sierra madrileña), no es de extrañar que el madrileño que aquí suscribe se sorprendiese y maravillase de encontrarse de repente una mañana cualquiera atravesando el Campo de San Francisco de camino al trabajo entre una espesa niebla y unos ideales 17 ó 19 grados. Aún hoy, después de todo este tiempo, es quizás una de las cosas que más me gusta de esta pequeña ciudad.

Sin embargo, oculta detrás de esta agradable niebla primaveral, hay una truculenta historia de muerte y aniquilación que mucha gente desconoce. Efectivamente, querido lector, es en estos húmedos y atemperados días de primavera cuando la vida vegetal y animal empieza a eclosionar y a proliferar por todas partes, no sólo en los campos sino también en plena ciudad. Entre tanta vida animal, uno de los pequeños seres que se deja ver con frecuencia durante estos días de primavera por las calles de Oviedo es el simpático caracol, paseando lenta y pesadamente sobre el pavimento y los muros próximos a prados y jardines. Precisamente y muy a mi pesar, hoy he sido testigo de camino al trabajo del cruel destino que a este pequeño gasterópodo le espera sobre las baldosas de las inmaculadas aceras ovetenses por aventurarse más allá de la confortable vegetación entre la que discurre su sosegada vida. Como lo oye: ¡Cientos de diminutas e inofensivas vidas, con sus casitas a cuestas, cercenadas bajo el peso de los desaprensivos pies de unos despreocupados viandantes!

Horrorosas estampas de muerte y aniquilación impactaban contra mis retinas según iba caminando por la acera que me llevaba al trabajo mientras mi mente no podía dejar de pensar en sus tenues y gelatinosas vocecitas gritando: “¡¡No, señor!! A mi no… ¡¡Por favor, no me pise!!”, justo antes de escucharse el crujido de la frágil concha reventando contra el viscoso cuerpo del pequeño caracol al ser aplastado por la suela del zapato de otro despistado caminante que, quizás contrariadamente y con una cierta mueca de asco en su rostro, haya pronunciado a continuación un “¡¡mierda!!” tan simple e inocuo como el ser que acababa de matar impunemente.

En fin, cientos de pequeñas pero no por ello menos trágicas muertes diarias son las que traen consigo las atemperadas nieblas ovetenses. Muertes que, al fin y al cabo, podrían ser evitadas fácilmente prestando un poquito de atención al suelo que se extiende frente a nosotros antes de dar cada paso.

lunes, 28 de enero de 2013

DIOS VS LA CRUDA Y TERRIBLE REALIDAD DE LOS LUNES

Las mañanas de los lunes son terribles, sobre todo porque suponen el primer madrugón de la semana y eso, inevitablemente, ha de pasar factura. En mi caso, la factura me la pasa el madrugón en forma de ejercicios de reflexión metafísica de camino al trabajo que a veces me hacen dudar de estar en mis cabales.
Esta mañana, sin ir más lejos, me he sorprendido a mi mismo pensando en la idea de Dios y llegando a la conclusión de que ese Dios que, el que más o el que menos conoce, no es más que una trabajada metáfora de la consciencia humana, es decir, la definición metafísica del ser humano como animal que se piensa a si mismo o, dicho de otra manera, la conceptualización inmaterial del ser humano como especie pensante, creadora y "todopoderosa".
Es fácil llegar a esta conclusión si se piensa en el ser humano como especie cuya especialidad o característica más sobresaliente es la de ser un gran observador de su ombligo y hacer que todo gire en torno a él. Condición esta que los humanos alcanzaron plenamente como especie en el momento de la gran revolución que supuso pasar de depender de los ciclos regidos por las estaciones y de lo que la Madre Naturaleza ponía al alcance de unos individuos que practicaban la caza y la recolección, desplazándose en grupos sociales reducidos al ritmo que le marcaba el mundo que le rodeaba, pasar de eso a vivir de la acumulación y el procesado del producto de un trabajo estacional y sedentario, formando grupos sociales más amplios que dieron lugar a la aparición de las ciudades, la acumulación de bienes y la aparición de castas dentro del grupo social con capacidad para atesorar y administrar esos bienes producidos por sus semejantes, es decir, del poder para acumular riqueza y gobernar a los habitantes de esas ciudades. De modo que, la forma en que el ser humano se concebía a sí mismo y al mundo que le rodeaba cambió con la Revolución Neolítica. Antes de dicha revolución, el ser humano se veía como parte de un todo, de un ser sujeto a las reglas que dictaban unas fuerzas de la naturaleza concebidas por el intelecto humano en forma de dioses o seres mitológicos, a la manera de las religiones totémicas y politeístas que se dan en muchas culturas cazadoras-recolectoras. Después, con la aparición de la agricultura, la ganadería y la industria asociada al desarrollo y defensa de asentamientos estables en una localización geográficamente favorable que supuso el Neolítico, aparecieron también las diferenciaciones sociales entre individuos de una misma comunidad en función de sus distintas ocupaciones o especializaciones y de la capacidad de acumulación de poder derivado del control de los bienes de consumo y de la riqueza en general y, por tanto, los desequilibrios sociales asociados a la aparición de castas que controlaban esos bienes.
Fue en estas circunstancias donde aparecieron las castas sacerdotales de cultos religiosos mono y politeístas que controlaban la acumulación y administración del grano producido por los habitantes de la urbe para asegurar su futura supervivencia en caso de malas cosechas o desastres naturales. Y aquí fue, pues, donde se gestó la idea de Dios como ser creador (constructor) y todopoderoso que no era más que la personificación inmaterial de la nueva casta que se había erigido como salvadora y rectora de los designios de sus conciudadanos, administrando sus bienes, creando templos y palacios y acumulando un poder que le permitía dictar leyes e impartir justicia, de modo que el ser humano ya no se veía sujeto a las reglas que dictaba la Naturaleza sino a las que dictaban las castas sacerdotales que representaban la voz de Dios en la Tierra. Estas castas sacerdotales se pensaron a si mismas como creadoras y administradoras de todo lo que suponía la vida para sus conciudadanos y tomaron el Sol (la luz) como referencia para personificar a Dios, dado que es este astro el que marca las estaciones y los ciclos agrícolas y en torno al cual gira la vida en el mundo y, como antítesis de ese poder que emanaba de ellos mismos y, por tanto, de Dios, cogieron a las fuerzas destructoras del planeta: los terremotos, los volcanes, las tempestades y, en definitiva, los desastres naturales, y los personificaron como lo maligno, lo mundano, lo oscuro y subterráneo, lo que venía de más abajo que el Sol (Dios), es decir, la representación de todos aquellos sectores de la población que estaban en contra y/o por debajo del poder sacerdotal y amenazaban subrepticiamente con destruir desde su inferior posición social, todo lo que habían creado las castas sacerdotales todopoderosas y, con ello, el orden social establecido.
Más adelante, el poder de administrar justicia y dictar leyes fue delegado a unas castas militares que surgieron originalmente como protectoras de la casta sacerdotal, de sus templos y de la riqueza contenida de los mismos, es decir, el grano y otros productos agropecuarios y artesanales que pagaban como tributo el resto de la población para obtener el favor de Dios y asegurar un futuro administrado por esos sacerdotes. Y, así, el jefe superior de esta casta militar fue proclamado rey y/o emperador con poder para dictar leyes, administrar justicia e imponer el orden pero, siempre, por la gracia de Dios (impartida y sancionada, como no, por sus sacerdotes).
Al final, todo esto, aderezado con una mitología más o menos trabajada durante siglos de historia y la pérdida de perspectiva que supone el paso del tiempo fue el germen de lo que actualmente conocemos como las grandes religiones monoteístas de la humanidad (y los poderes políticos que surgieron bajo su amparo) que se caracterizan, todas ellas, por tener en común un concepto de Dios que no es más que la personificación metafísica del ego creador y pensante del ser humano. Un ego administrado en forma de mentira metafísica por unas castas que han conseguido mantener sumido al grueso de la población humana bajo el control del miedo a lo que puede deparar un futuro hipotecado e incierto.